Enseñado por su padre, guitarrista aficionado, primero, y por su hermano Ramón, después, el pequeño Paco empezó entonces, sin salir durante horas de estudio de la habitación de la casa familiar en Algeciras, a viajar. Primero por el mástil de su guitarra y por las lecciones que aprendía de los grandes maestros de la época, Niño Ricardo y Sabicas, referentes todavía hoy. Después, aún adolescente pero ya habiendo dejado los estudios para tocar como profesional y ayudar económicamente a la familia, por el mundo. Jamás dejaría ya ambos viajes.
Fue Sabicas, que vivía en Nueva York, donde le escuchó tocar y vio su talento e inmenso potencial, quien se lo dijo. Paco era un chaval en sus primeras giras con la compañía del bailarín José el Greco, en la que cantaba también su hermano Pepe de Lucía. “Debes hacer tus propias creaciones”, le animó el maestro. Así empezaría la carrera como compositor que lo llevaría a convertirse en el gran referente de la guitarra flamenca y en un genio con un talento creador reconocido en todo el mundo. En Paco de Lucía, en homenaje a su madre, la portuguesa Luzía Gomes Gonçalves.

Desde la esencia, desde ese flamenco más puro que aprendió de niño viendo y escuchando a su padre y en las fiestas que este organizaba en casa con otros artistas, Paco de Lucía llevaría el flamenco más allá de todas las fronteras. Desde las geográficas, con medio siglo de carrera con una treintena de álbumes y giras por todo el planeta, hasta las creativas, forzando los límites clásicos del flamenco y enfrentándose, incluso, a los más puristas del género. De nada les sirvieron sus críticas cuando empezó a introducir desde instrumentos ajenos hasta entonces al flamenco hasta nuevos patrones y armonías. Nunca lo frenaron. Paco de Lucía sabía que llevaba el flamenco dentro y que hiciera lo que hiciera siempre sería flamenco.

Su carrera fue, así, un viaje continuo. Por España, donde en 1973, con solo 26 años, alcanzaría una fama sin precedentes para el flamenco con el éxito de su rumba ‘Entre dos aguas’, número uno de las listas de éxitos. Por el mundo, que empezó a recorrer con apenas 16 años. Por el flamenco y sus siglos de historia, con compañeros como Camarón, el “mayor genio” al que, como confesaba, conoció nunca. Pero, sobre todo, un viaje por sí mismo. Con la guitarra como mapa. Una búsqueda incansable para alcanzar una fuerza expresiva y un universo creativo propio. Una odisea de sus propios límites interiores y la pugna con la insatisfacción por querer siempre más y mejor, por no estar nunca del todo conforme con lo creado. Una travesía, también, a otras músicas, desde la clásica al jazz, en el que se adentra a finales de los años setenta para hallar nuevas fórmulas con las que enriquecer el flamenco y conseguir, también, mayor libertad creativa. Un viaje, el de una vida, que Francisco Sánchez Gómez comenzó el 21 de noviembre de 1947, en Algeciras, pero que no terminó el 25 de febrero de 2014 en Playa del Carmen, México, cuando Paco de Lucía falleció. Miles de músicos y aficionados de todo el mundo lo continúan y emprenden a diario hoy. Por él y con él. Con su guitarra como brújula, abducidos por su universo, mecidos por su armonía y agradecidos por su carrera como creador y su ejemplo como persona.
Aquella tarde de invierno en Madrid, con temperaturas acercándose a los cero grados y cielos despejados, Paco de Lucía actuó en el Teatro Real. No solo fue su debut en el escenario más emblemático de la ciudad. También la primera ocasión que un artista flamenco lograba abrir las puertas de un auditorio hasta entonces vetado al flamenco, considerado un arte menor, siempre mirado por encima del hombro por los músicos de clásica. Era, tras haber tocado ya en el Palau y en el Teatro de La Zarzuela, el último telón prohibido que le faltaba por abrir. Aquella tarde se produjo también el gesto. Paco de Lucía cruzó la pierna derecha sobre la izquierda y tocó con la guitarra en posición horizontal. Fuera del teatro, ese día, no corría ni una brisa en Madrid. Dentro se había desatado ya la tormenta. Un flamenco en el Teatro Real. Y un flamenco que rompía la ortodoxia del flamenco sosteniendo la guitarra como nadie lo había hecho hasta entonces. Cambiando la posición tradicional flamenca del instrumento casi en vertical, con el mástil en alto, por aquella horizontal. “Me dijeron que no tenía vergüenza”, recordaría él acerca de ese momento.
Aquella imagen y ese gesto fueron una declaración de intenciones. Hoy son un ejemplo perfecto de su carrera, de su vida y de su carácter. También de la revolución que su música, su talento y su incansable búsqueda creativa han supuesto para el flamenco y la música. Paco de Lucía no fue solo un maestro de la guitarra. Fue, sobre todo, un maestro de maestros. Su toque rítmico, virtuoso y enérgico, sus innovaciones y, también, fundamental, su carácter único, han marcado a todas las nuevas generaciones de guitarristas que han surgido tras él. Con Paco de Lucía se establece un antes y después en la Historia de la guitarra. Su huella no es hoy huella, sino raíz de la que han brotado, brotan y seguirán brotando decenas de músicos.
La posición de la guitarra, la inclusión de instrumentos inéditos en el flamenco (desde el bajo eléctrico a los bongoes o la flauta) o la importación a España en los setenta del cajón peruano, descubierto por el artista durante una gira en Perú y enseguida revelado como el instrumento que necesitaba el flamenco porque en su juego de graves y agudos encontraba el zapateo de los bailaores, son hoy algunos hitos de su carrera y ejemplo de su legado. Pero, sobre todo, el mayor de ellos, Paco de Lucía dotó al flamenco de una nueva estética y armonía. Como siempre explicó, “con una mano agarrado a la tradición y con la otra rascando, buscando”, forzó los límites armónicos y expresivos del flamenco tradicional, sin salirse nunca de ellos, de su estructura y forma, para proveerlo de un universo armónico, creativo e interpretativo innovador, más rico y complejo. Se atrevió a cambiar el flamenco, desde dentro, y a combinarlo con otras músicas y estilos sin perder jamás la esencia, abriendo así a las nuevas generaciones las fronteras a fusiones y experimentaciones creativas. Además, se empeñó y preocupó, desde muy joven, y como no dejaría nunca de hacer durante toda su carrera, por abrir las puertas al flamenco y conseguir su reconocimiento musical. Lo hizo primero sacándolo de los tablaos, territorio hasta entonces casi único de esta música, para llevarlo a los grandes recintos y a los auditorios. Después exportándolo a todo el mundo. La guitarra de Paco de Lucía no solo calentó aquella gélida noche de 1975 en Madrid, también infinitas más, durante 50 años, desde Buenos Aires a Japón y desde el Carnegie Hall de Nueva York al Royal Albert Hall de Londres. Y siempre en posición horizontal, con la pierna derecha cruzada sobre la izquierda.
